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La soledad de los hiper-productivos

Published:  at  03:30 PM
La soledad de los hiper-productivos

La soledad de los hiper-productivos

Cultivar con paciencia

Nos vamos quedando sin interlocutores. Esos que dábamos por sentado, los de toda la vida, los que siempre estaban. Algunos se ponen grandes y empiezan a habitar otro tempo, más lento, más lejano. Otros se van, sin más -porque es la ley de la vida, así dicen- y con ellos se nos va una parte de nuestra propia historia, esa que solo ellos sabían contar. Otros simplemente toman caminos distintos, y las distancias que abre el mundo moderno no siempre son geográficas: a veces son distancias de interés, de ritmo, de prioridades que mutan sin que nos demos cuenta.

Y un día levantás la vista y el paisaje cambió.

Lo que nos salva -cuando nos salva- son las relaciones nuevas que florecen porque alguna vez sembramos. Pero hay un detalle: nada florece si uno no dedicó tiempo a sembrar, y después a cuidar lo que cultiva. No hay atajos para eso. No hay una app que riegue por nosotros.

El problema es que la sociedad actual nos convida a vivir con un vértigo tal que parece no haber tiempo para sembrar. O por lo menos no para sembrar semillas de las buenas, que por lo general tardan en brotar, y no rinden puntualmente en el balance cuatrimestral de las empresas. Porque el núcleo vital no está exclusivamente en las relaciones laborales, ni en los contactos productivos, ni en el “networking estratégico”. Sino en otras relaciones. Las que se construyen con hechos muy simples, que parecen casi insignificantes, de esos que no figuran en ninguna métrica de eficiencia.

Hablo de un mensajito de texto que diga “Che, amiga, qué frío que hace hoy, ¿estás bien?”. Hablo del “¿Amigo se te rompió el auto, lo tenés en el mecánico? ¿querés que te lleve a buscar a tu hijo al colegio?”. Y cuando el otro duda, cuando dice “no, no, ¿cómo te voy a hacer perder tiempo?”, uno insiste: “No me cuesta nada. ¿Veinte minutos, cuarenta, una hora? Lo que tarde. ¿De verdad va a cambiar el destino de mi vida laboral ese rato?”. Ahí, en esa insistencia, en ese acto mínimo de estar presente, se siembra algo que ninguna herramienta de productividad puede medir.

Y después están esas otras visitas. Las que no avisan, las que no piden permiso en el calendario.

No saben lo refrescante que es cuando me visita Juan. Juan es herrero, arrancó a trabajar con mi tío y con mi viejo cuando tenía unos diecinueve años -y ahora anda por los setenta y pico-. Juan cada tanto aparece en la puerta de casa con una bolsa de zucchini sicilianos. Unas hortalizas enormes, algunas superan el metro de longitud, no se parecen a nada de lo que uno ve en la verdulería. Las semillas las conservó de su padre, que las trajo de Sicilia originalmente cuando inmigró desde Italia, y todavía mantiene viva la estirpe: las siembra, las cultiva, las cuida, y… ¡las regala!

También me trae cayote, mermelada de zapallos hecha por su esposa, orejones de duraznos secados al sol, con paciencia, sin apuro. Todo cultivado y preparado por esas manos que trabajaron el hierro y la tierra durante más de medio siglo.

La ecuación de Juan es de otro tiempo, de esos que ya casi no existen: “¿Me caés bien? Entonces … te regalo lo que cultivo”. Y ese cultivo de hortalizas y de frutas también es cultivar la amistad. Con formas simples, sin esperar nada a cambio más que un ratito de charla en la puerta de casa, o en una vereda. Con eso se alimenta no solo el estómago, sino muchísimo más.

Gente de otros tiempos. Interlocutores claros y sin vueltas. Costumbres bastante alejadas de lo que convida el mundo actual, al menos en los ambientes que se autoproclaman “hiperproductivos”.

El café que nunca fue

Después está el café. El café que venimos postergando hace meses -a veces años- porque “esta semana no puedo”, “el miércoles que viene te confirmo”, “disculpame, se me complicó”. Ese café nunca compartido, algún día, va a dejar de ser el café pendiente para convertirse en otra cosa: en el café que no pudo ser. En el café que no existió. Y no va a haber calendario que lo recupere. Juan no posterga cafés: Juan aparece con los zucchini.

Nos convencimos que optimizar el tiempo es la forma suprema de vivir. Armamos un Tetris perfecto de reuniones, bloques de concentración, recordatorios, notificaciones. O un tablero de Kanban que se parece a las movidas más vertiginosas de las Torres de Hanoi: todo encaja, todo fluye, todo es eficiente. Y mientras tanto, los interlocutores se nos van yendo. Los viejos y los nuevos. Los que estaban y los que podrían haber estado.

Y un día, cuando el tablero está impecable y todas las tarjetas están en “done”, levantás la vista y el paisaje cambió otra vez. Pero esta vez no hay nadie del otro lado.

Esa es la soledad de los más productivos. La soledad más amarga, la de los eficientes. La de los que nunca dejaron caer una pelota en el trabajo pero dejaron caer todas las demás sin darse cuenta. La soledad del que optimizó tanto su tiempo que terminó vaciándolo de gente significativa. Porque las personas no son optimizables. No entran en un sprint. No responden a metodologías ágiles. Las personas necesitan tiempo: tiempo ineficiente, tiempo improductivo, tiempo regalado. Tiempo que no rinde para las métricas frías y duras.

Esta hiper-productividad que nos vendieron como aspiración suprema cada vez me suena más a otra cosa: a alejarnos de nuestras raíces. Y al alejarnos, descuidarlas. Y al descuidarlas, secarnos. Y al secarnos, ir muriéndonos todos un poco. Y no tan de a poco.

¿Y para qué?

Para qué tanta eficiencia, tanto Tetris, tanta torre de Hanoi perfectamente resuelta, si del otro lado del tablero no hay nadie mirando. Para qué tanta productividad si no tenemos con quién compartir el café. Para qué perseguir un futuro impecablemente planificado si cuando lleguemos no va a haber ningún Juan tocando la puerta con una bolsa de zucchini y una historia siciliana entre las manos.

Porque al final -y esto lo sabemos todos, aunque a veces lo olvidemos- lo único que realmente nos queda son los vínculos. Los que heredamos y los que construimos. Los que cuidamos. Los que regamos. Los que sobreviven a nuestras ausencias porque alguna vez estuvimos presentes de verdad, con el cuerpo y con el alma, en un viaje al colegio, en una bolsa de verduras regaladas, en un café que sí existió.

La vida no es un tablero para resolver. Es una tierra para cultivar. Y la cosecha no se mide en productividad: se mide en quiénes se sientan a nuestra mesa cuando ya no tenemos nada más que ofrecer que nuestra compañía.

No dejemos que el próximo café sea el que no pudo ser.

Plantemos algo. Reguémoslo. Y cuando alguien toque la puerta con una bolsa de zucchini, salgamos al porche sin mirar el reloj.

Saludos sin apuro. Gustavo.



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